¿Te has parado alguna vez a escuchar cómo te hablas cuando algo te sale mal?
Imagina que una amiga llega a ti preocupada porque ha cometido un error, ha tenido un problema en el trabajo o siente que no está a la altura. Probablemente no le dirías: «Lo has hecho fatal», «seguro que te van a rechazar», «si sigues así vas a acabar mal» o «mira a los demás, ellos sí saben hacerlo».
Tampoco significa que siempre le darías la razón o que le dirías que todo está bien. Si la quieres, seguramente serías sincera con ella. Le ayudarías a mirar lo que ha ocurrido, a reconocer aquello que puede mejorar y a buscar una solución. Pero intentarías hacerlo sin hacerle más daño del que ya está sintiendo.
Porque cuando queremos a alguien, normalmente queremos cuidarlo. Sin embargo, con nosotros mismos muchas veces ocurre todo lo contrario.
Nos convertimos en nuestros peores jueces. Nos exigimos, nos comparamos, nos amenazamos, magnificamos nuestros errores y anticipamos consecuencias terribles. Y, en lugar de acompañarnos cuando estamos sufriendo, añadimos todavía más dolor.
¿Por qué nos tratamos peor que a las personas que queremos?
En muchas ocasiones, esta manera de hablarnos no aparece de la nada. Es una forma de relacionarnos con nosotros mismos que hemos aprendido.
Quizá hemos crecido en ambientes donde había mucha exigencia. En casa, en el colegio, con nuestros amigos o incluso en otros espacios importantes de nuestra vida podemos haber recibido, de manera más o menos explícita, el mensaje de que teníamos que ser mejores, conseguir más, destacar, no equivocarnos o cumplir determinadas expectativas para sentirnos queridos y valorados.
Y así aprendemos algo muy peligroso: «Tengo que ser más y mejor para merecer amor».
Entonces empezamos una carrera que parece no tener final. Siempre podemos mejorar nuestro cuerpo, nuestro trabajo, nuestra relación de pareja, nuestra casa, nuestra forma de vestir, nuestros conocimientos, nuestra productividad… Y mejorar puede ser maravilloso cuando nace del deseo de crecer. El problema aparece cuando detrás de esa búsqueda hay rechazo hacia quienes somos.
Cuando sentimos que «tal y como soy no es suficiente», cada objetivo deja de ser una ilusión y se convierte en una condición para sentirnos valiosos. Y ahí entramos en la imparable carrera de la comparación.
Reconocernos y aceptarnos tal y como somos
Quizá podamos empezar a preguntarnos algo diferente: ¿Qué ocurre cuando dejo de intentar convertirme en alguien que creo que los demás van a aceptar y empiezo a descubrir quién soy realmente?
Tu valor no depende de parecerte a nadie. Cada persona tiene una forma particular de mirar, de expresarse, de relacionarse y de estar en el mundo.
Por supuesto, podemos llevarnos una primera impresión cuando conocemos a alguien. La apariencia forma parte de ese primer encuentro. Pero cuando conocemos de verdad a una persona, descubrimos que lo que nos enamora, nos inspira o nos hace querer permanecer a su lado suele ir mucho más allá de su aspecto. Nos atrae su manera de mirar, su sentido del humor, su sensibilidad, su seguridad, su energía, sus valores, la manera en que trata a los demás, la capacidad que tiene para escucharnos, su autenticidad…
Si solo nos quedamos en la apariencia, podemos construir relaciones muy bonitas por fuera, pero profundamente vacías por dentro.
Y algo parecido ocurre en nuestra relación con nosotros mismos.
La autoestima empieza cuando dejamos de menospreciarnos y aprendemos a dar valor a eso que somos. Dejar de esforzarnos en complacer las supuestas expectativas de los demás y comenzamos a atender nuestras propias necesidades. Ahí comenzamos el camino hacia la plenitud y el bienestar personal.
Porque trabajar la autoestima no consiste únicamente en mirarnos al espejo y repetirnos que somos maravillosos. La autoestima también tiene que ver con cómo nos relacionamos con nosotros mismos cuando estamos cansados, incómodos o cuando las cosas no salen como esperábamos.
¿Qué hacemos cuando nos equivocamos?
¿Nos castigamos o intentamos comprender qué ha ocurrido?
¿Nos insultamos o nos hablamos con respeto?
¿Nos comparamos con los demás o miramos nuestro propio camino?
¿Nos exigimos ser quienes creemos que deberíamos ser o escuchamos quiénes somos y qué necesitamos?
Desde una mirada Gestalt, podemos prestar atención precisamente a esto: al modo en que estamos en contacto con nosotros mismos y con nuestras necesidades en el momento presente. Porque construir una vida plena no consiste en alcanzar una versión perfecta de nosotros mismos. Consiste en ir descubriendo qué queremos, qué necesitamos, qué nos importa y qué valores queremos llevar a nuestra vida.
¿Qué vida quieres construir?
Quizá una pregunta mucho más interesante que «¿Soy suficientemente bueno?» sea: «¿Estoy viviendo de una manera que tiene sentido para mí?»
La autoestima profunda tiene mucho que ver con ésto. Con saber qué nos importa, reconocer aquello que nos hace sentir vivos, identificar cuándo estamos siendo fieles a nosotros mismos, atrevernos a perseguir aquello que deseamos, construir un camino que nos haga sentir satisfechos y conectados con nuestra propia vida.
Y, por supuesto, también con aceptar que en ese camino vamos a equivocarnos.
Habrá días malos. Habrá decisiones que no funcionen. Habrá momentos en los que no estaremos orgullosos de nosotros mismos.
Y entonces tendremos dos opciones: podemos pelearnos con nosotros mismos, machacarnos y recordarnos una y otra vez todo lo que hemos hecho mal. O podemos practicar la compasión.
Podemos decirnos: «Esto me ha dolido. No ha salido como quería. ¿Qué puedo aprender de lo que ha ocurrido? ¿Qué necesito ahora? ¿Qué puedo hacer para acercarme de nuevo a la vida que quiero construir?»
La compasión no significa justificarlo todo, no significa conformarnos, no significa dejar de responsabilizarnos. Significa responsabilizarnos sin maltratarnos. Háblate como le hablarías a alguien que quieres. Cuando una persona que queremos está pasando por un momento difícil, sabemos intuitivamente que necesita cuidado.
¿Por qué nos cuesta tanto ofrecernos ese mismo cuidado?
Quizá podamos empezar con algo sencillo: escuchando nuestra voz interior. La próxima vez que cometas un error, fíjate en lo que te dices.
¿Le hablarías así a alguien a quien quieres?
Si la respuesta es no, prueba a cambiar el tono. No necesitas mentirte ni decirte que todo es perfecto. Puedes ser honesto y, al mismo tiempo, amable. Puedes decirte:
«Esto no ha salido bien, pero puedo aprender.»
«Estoy teniendo un día difícil y necesito cuidarme.»
«No tengo que hacerlo todo perfecto.»
«Puedo equivocarme y seguir siendo una persona valiosa.»
«Voy a buscar una solución en lugar de castigarme por el problema.»
Puede parecer algo pequeño, pero la manera en la que nos hablamos va construyendo, poco a poco, la relación que tenemos con nosotros mismos. Deja de mirar tanto hacia fuera y empieza a mirar hacia dentro
Las redes sociales pueden mostrarnos cientos de vidas aparentemente perfectas en cuestión de minutos. Pero tu vida no está ahí. Tu vida está en lo que sientes cuando cierras el móvil. Está en las personas que quieres, en aquello que te ilusiona, en las decisiones que tomas, en cómo atraviesas las dificultades, en los pequeños momentos que te hacen sentir bien, en lo que aportas a los demás, en los valores con los que quieres vivir y también en tu capacidad para aceptar que la vida cambia y que nosotros cambiamos con ella.
No siempre podemos elegir lo que nos ocurre, pero sí podemos aprender a escucharnos, adaptarnos a las circunstancias y decidir cómo queremos relacionarnos con aquello que estamos viviendo.
Así que, si quieres construir una autoestima más sana, quizá puedas empezar por algo muy sencillo: deja de hablarte como a un enemigo y empieza a tratarte como a alguien que quieres. Y recuerda valorar todo aquello que aportas a la vida, igual que harías con una amiga o un amigo al que quieres.
Porque las personas que nos rodean vienen y van. Pero hay una persona que nos acompañará durante toda nuestra vida: Nosotros mismos.
Así que, ¿quién mejor que nosotros para aprender a llevarnos bien?
Si quieres aprender a valorarte, escuchar tus necesidades y construir una relación más amable contigo mismo, estaré encantada de acompañarte en ese proceso en consulta.



