En mi experiencia en consulta hay un tema que aparece una y otra vez: el dolor que producen las relaciones.
Personas que llegan heridas por algo que les ha dicho su pareja. Madres y padres que sienten que no saben cómo comunicarse con sus hijos. Hermanos enfrentados durante años. Conflictos entre compañeros de trabajo. Personas que se sienten poco valoradas, incomprendidas, ignoradas o atacadas por alguien que quieren.
Y muchas veces, cuando profundizamos en lo ocurrido, encuentro algo que me parece especialmente interesante: entre lo que una persona dice y lo que la otra recibe puede existir un universo entero de interpretaciones.
No siempre reaccionamos únicamente ante lo que el otro ha dicho o hecho. Reaccionamos también ante lo que significa para nosotros aquello que ha dicho o hecho.
¿Qué has escuchado realmente?
Imaginemos que alguien, de manera aparentemente cariñosa, nos dice: «Rubia».
Para una persona puede ser simplemente una forma afectuosa de dirigirse a ella. Para otra puede resultar completamente ofensivo. Quizá en su familia se utilizaba la expresión «las rubias son tontas». Quizá ha vivido situaciones en las que se ha sentido etiquetada por su aspecto físico. Quizá considera que utilizar ese tipo de apelativos reproduce un estereotipo sexista.
La palabra es la misma.
La intención del emisor puede ser exactamente la misma.
Pero la experiencia del receptor puede ser radicalmente diferente.
Y esto ocurre constantemente en nuestras relaciones. Cada uno de nosotros escucha desde nuestra propia historia, nuestras experiencias, nuestros valores, nuestros prejuicios, nuestras heridas y nuestras creencias. Por eso, cuando damos por hecho que sabemos qué quiso decir el otro, podemos estar cometiendo un error importante.
«Lo ha dicho para hacerme daño».
«Me lo ha dicho porque no me respeta».
«Lo que quiere es humillarme»
Cuando pasamos de describir lo que ha ocurrido a interpretar automáticamente las intenciones del otro, dejamos de hablar de un hecho y comenzamos a hablar desde nuestra propia película. Y entonces es muy fácil que aparezca el conflicto.
Dos personas heridas difícilmente pueden escucharse. Cuando me siento herida, es frecuente que aparezca rabia y desde ahí, nuestra forma de comunicarnos puede cambiar.
Podemos callarnos y esperar que el otro se dé cuenta de lo que nos pasa.
Podemos alejarnos.
Podemos responder con ironía.
Podemos reprochar.
Podemos atacar.
O podemos enumerar todo aquello que el otro «nos ha hecho» durante los últimos cinco años.
El problema es que, cuando una persona se siente atacada, generalmente se defiende.
Y entonces tenemos a dos personas ofendidas, dos personas intentando demostrar que tienen razón y dos personas protegiéndose de aquello que sienten como una amenaza.
En ese momento, la comunicación deja de ser un encuentro y se convierte en una batalla.
Ya no estamos intentando comprendernos. Estamos intentando ganar.
Y cuando ocurre esto, incluso aunque consigamos demostrar que tenemos razón, es posible que hayamos perdido algo mucho más importante: la posibilidad de encontrarnos con el otro.
Hablar desde el «yo» en lugar de atacar al «tú»
Por eso, en consulta suelo invitar a las personas a experimentar con una comunicación más asertiva y no violenta.
No se trata de aprender a decir las cosas de una manera «correcta» o de convertirnos en personas permanentemente calmadas y racionales.
Se trata, sobre todo, de hacernos responsables de nuestra experiencia.
En lugar de:
«Eres un egoísta».
Podemos decir:
«Cuando ha ocurrido esto, me he sentido muy sola y poco tenida en cuenta».
En lugar de:
«Siempre me hablas mal».
Podemos decir:
«Cuando me has hablado de esa manera, me he sentido tensa y he tenido ganas de alejarme».
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente el lugar desde el que estamos hablando.
En el primer caso, estoy definiendo quién eres tú.
En el segundo, estoy contando qué me ocurre a mí.
Y eso abre una puerta al diálogo.
Cuatro pasos para una comunicación más consciente
Una de las propuestas que podemos utilizar es muy sencilla.
1. Observar qué ha ocurrido y qué me está pasando
Antes de responder, podemos intentar separar los hechos de nuestra interpretación.
¿Qué ha ocurrido exactamente?
¿Qué ha dicho o hecho la otra persona?
¿Y qué me ha pasado a mí con eso?
No es lo mismo:
«Me has ignorado».
que:
«Te he hablado y no me has respondido».
La primera frase ya contiene una interpretación de la intención del otro. La segunda describe un hecho que ambos podemos observar.
Después podemos preguntarnos:
¿Qué estoy sintiendo?
¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Miedo? ¿Frustración? ¿Impotencia? ¿Soledad?
A veces necesitamos ir más allá del enfado para descubrir qué hay debajo.
2. Darnos un tiempo para regularnos
No siempre es buen momento para hablar.
Cuando estamos muy enfadados, nuestro principal objetivo puede ser defendernos, demostrar que tenemos razón o conseguir que el otro comprenda inmediatamente nuestro dolor. Y desde ahí es difícil escuchar.
Por eso, a veces, una de las formas más cuidadosas de comunicarnos es decir:
«Ahora mismo estoy demasiado enfadada para hablar de esto. Necesito un poco de tiempo y después quiero que lo hablemos».
Tomarnos un tiempo no significa castigar al otro con nuestro silencio. Significa regularnos para poder volver al encuentro.
Respirar. Caminar. Parar. Escuchar nuestro cuerpo. Preguntarnos qué nos ha dolido realmente.
¿Qué me ha tocado esto?
¿Qué necesidad hay detrás de lo que estoy sintiendo?
3. Elegir un momento adecuado
También importa dónde y cuándo hablamos. No siempre la otra persona está disponible para escucharnos. Y nosotros tampoco.
Podemos preguntarle:
«Hay algo que me gustaría hablar contigo. ¿Es un buen momento?».
Parece una pregunta sencilla, pero contiene algo muy importante: reconocer que al otro también le ocurre algo y que la comunicación necesita de dos personas disponibles.
4. Expresar qué siento y qué necesito
Aquí podemos intentar seguir una estructura muy sencilla:
Qué ha ocurrido → cómo me he sentido → qué necesito.
Por ejemplo:
«Cuando has entrado y me has dicho “quita la mesa”, me he sentido muy tensa porque lo he vivido como una imposición y en ese momento estaba ocupada con otra cosa. Necesitaría que antes observaras qué estoy haciendo y me preguntaras si puedo hacerlo».
No estoy diciendo:
«Eres un mandón».
No estoy suponiendo:
«Lo haces porque quieres controlarme».
Estoy hablando de mi experiencia y expresando una necesidad concreta. Y esto último es fundamental, porque muchas veces expresamos nuestro malestar, pero dejamos implícito aquello que necesitamos.
Nos enfadamos esperando que el otro adivine.
Nos alejamos esperando que nos persiga.
Decimos «da igual» esperando que el otro se dé cuenta de que no da igual en absoluto.
Pero nadie puede adivinar nuestras necesidades.
Aprender a comunicarlas también es una forma de cuidarnos.
Y, en muchas ocasiones, ahí comienza realmente el encuentro conmigo mismo y con el otro.
¿Te gustaría aprender más sobre comunicación consciente, asertiva y no violenta y sobre cómo estas herramientas pueden facilitarnos la vida y mejorar nuestras relaciones?



