Hay momentos en la vida en los que sentimos que algo no fluye. Puede aparecer angustia, ansiedad, miedo, sensación de estar bloqueados o incluso la certeza de que queremos cambiar algo, pero sin saber muy bien cómo hacerlo.
A veces le damos muchas vueltas, intentamos entender qué nos pasa, buscamos explicaciones y tratamos de encontrar una solución por nuestra cuenta. Y, sin embargo, seguimos sintiendo que hay algo que nos frena.
En mi experiencia en consulta, muchas personas llegan precisamente desde ese lugar: saben que quieren estar mejor, que desean vivir de otra manera, pero no terminan de comprender qué les ocurre ni por qué repiten determinadas situaciones, emociones o formas de relacionarse.
Y ahí comienza el proceso terapéutico.
En terapia Gestalt ponemos especial atención en el presente. No porque el pasado no sea importante, sino porque es aquí y ahora donde podemos observar qué está ocurriendo.
¿Cómo te relacionas contigo? ¿Qué sientes? ¿Qué necesitas? ¿Qué haces cuando sientes miedo? ¿Cómo respondes ante los demás? ¿Qué situaciones se repiten en tu vida? ¿Dónde notas ese bloqueo en tu cuerpo?
A través de estas preguntas vamos acercándonos poco a poco a aquello que está sucediendo.
Pero también miramos hacia atrás. Nuestra historia de vida forma parte de quienes somos. Revisamos nuestras experiencias, nuestra infancia, el ambiente familiar en el que crecimos y los patrones que fuimos aprendiendo. Porque cuando llegamos al mundo no sabemos cómo relacionarnos, cómo expresar lo que sentimos, cómo poner límites ni cómo protegernos. Vamos aprendiendo a hacerlo a partir de lo que vivimos y de lo que observamos en nuestro entorno.
Durante la infancia podemos vivir experiencias que, vistas desde la mirada adulta, pueden parecer pequeñas o incluso normales: que nos regañen, que no presten atención a algo que para nosotros era importante, que nos comparen, que se burlen de nosotros en el colegio, que sintamos que nuestras emociones molestan o que aprendamos que determinadas partes de nosotros no son bien recibidas.
No todas estas experiencias tienen que ser grandes acontecimientos para dejarnos una huella. Cuando somos niños necesitamos sentirnos seguros y encontrar una manera de adaptarnos al entorno que nos rodea. Así vamos desarrollando diferentes formas de protegernos y de relacionarnos con los demás.
Quizá aprendimos a callar para evitar conflictos. A agradar para sentirnos queridos. A controlar todo para sentirnos seguros. A no pedir ayuda para no mostrar nuestra vulnerabilidad. A desconectarnos de lo que sentimos porque era demasiado doloroso.
En aquel momento, estas estrategias pudieron ser necesarias. Nos ayudaron a adaptarnos, a protegernos y, de alguna manera, a seguir adelante. El problema aparece cuando llegamos a la edad adulta y seguimos utilizándolas en situaciones en las que ya no son necesarias.
Aquello que un día nos protegió puede convertirse, con el paso del tiempo, en aquello que nos limita.
El proceso terapéutico es una oportunidad para empezar a mirar estas formas de funcionar desde otro lugar, con mayor comprensión y sin juzgarnos. No se trata de preguntarnos qué hemos hecho mal, sino de comprender por qué hemos aprendido a hacerlo así.
En consulta trabajamos desde diferentes dimensiones: corporal, emocional y racional.
Prestamos atención al cuerpo, porque muchas veces expresa aquello que todavía no podemos poner en palabras. Exploramos las emociones y aprendemos a reconocerlas, sentirlas y darles un espacio. Y también utilizamos la comprensión y la reflexión para poder entender nuestros patrones y tomar conciencia de lo que necesitamos. Todo ello nos permite ampliar nuestra mirada y comenzar a desarrollar nuevas estrategias.
Quizá aprender a poner un límite.
Quizá permitirnos pedir ayuda.
Quizá dejar de exigirnos tanto.
Quizá aprender a expresar lo que sentimos.
Quizá atrevernos a elegir desde lo que realmente queremos y no únicamente desde lo que creemos que deberíamos hacer.
Ser nosotros mismos
Para mí, uno de los aspectos más importantes del proceso terapéutico es poder acercarnos poco a poco a quienes somos realmente. No para convertirnos en otra persona. No para tener una vida perfecta ni para dejar de sentir emociones difíciles. Sino para poder vivir con mayor conciencia, libertad y coherencia con nosotros mismos.
La vida trae circunstancias que no siempre podemos cambiar. Hay pérdidas, dificultades, relaciones complejas y momentos que escapan a nuestro control. La terapia tampoco pretende eliminar las dificultades de la vida. Lo que sí podemos trabajar es nuestra manera de relacionarnos con aquello que nos sucede.
Aprender a aceptarnos. Escucharnos. Reconocer nuestras necesidades. Cuidarnos. Elegir. Poner límites. Y encontrar, dentro de nuestras circunstancias, ese lugar en el que podamos sentirnos más nosotros mismos.
Porque, al final, quizá una de las cosas más importantes en la vida sea poder estar en paz con quienes somos y construir una vida que tenga sentido para nosotros.
¿Te animas a comenzar a encontrar tu sitio?



